Un grupo de niños están sentados en un círculo con su maestra. La maestra les pasa varios juguetes de uno por uno. Le da al primer niño un juguete que hace ruido al ser presionado y da instrucciones para que lo pasen por turnos alrededor del círculo. Para hacer esto exitosamente, un niño debe recibir el juguete, recordar tocar el botón y pasarlo al siguiente niño. ¿Qué pasaría si un pequeño toma el objeto antes de que sea su turno, si el sonido que hace el botón lo asusta o incluso si uno de los niños olvida las instrucciones? Saber qué hacer en una situación como esta requiere de una habilidad clave del desarrollo: el funcionamiento ejecutivo.

Funcionamiento ejecutivo es el nombre sofisticado que los psicólogos usan para describir cómo manejamos nuestras acciones, pensamientos y emociones todos los días. Involucra la memoria, el autocontrol y la flexibilidad mental. Dependemos de un buen funcionamiento ejecutivo para mantenernos concentrados, hacer planes a futuro, hacer conexiones entre ideas y lidiar con el estrés. Aunque estas son habilidades de alto nivel que caracterizan el desarrollo adulto, el funcionamiento ejecutivo empieza a desarrollarse durante la primera infancia a través de procesos cognitivos, físicos, emocionales y lingüísticos más “simples”. Esto incluye: organizar objetos en categorías, reconocer diferencias y similitudes, relacionar el sonido de una palabra con su significado, identificar emociones propias y ajenas, y seguir indicaciones. Con el tiempo, los niños podrán llevar a cabo tareas cognitivas (como hacer sumas y restas simples), mientras controlan sus emociones (no hacer un berrinche al no ser capaces de resolver un problema).

Al involucrar muchas habilidades y diferentes partes del cerebro, desarrollar y dominar el funcionamiento ejecutivo lleva tiempo. Cuando un niño pequeño parece obstinado y se niega a seguir instrucciones (por ejemplo, al no querer usar botas para jugar en la lluvia), no es porque intente desafiarte, sino porque no ha desarrollado por completo el funcionamiento ejecutivo. Sin embargo, este está relacionado intrínsecamente con los futuros niveles de independencia, y por eso debe ser una prioridad en el desarrollo. Para que nuestros pequeños se conviertan en adultos responsables, confiables y empáticos, debemos modelar correctamente un comportamiento social y motivarlos a mantener relaciones sanas y positivas. Procurar hacer actividades grupales y ayudar poco a poco en tareas complejas puede ayudar a este proceso de desarrollo.

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Incluso un niño altamente motivado puede tener problemas con el autocontrol y la atención, así que ser paciente y cariñoso al modelar el comportamiento correcto puede hacer una gran diferencia al trabajar en habilidades ejecutivas avanzadas.

Para aprender már:


María Mirón es una investigadora de psicología con una maestría en Psicología Clínica. Con más de ocho años de experiencia, ha publicado y participado en múltiples foros internacionales sobre el Desarrollo de la Primera Infancia. Actualmente es profesora de métodos de investigación en la Universidad de Monterrey. Su misión es vincular la ciencia y las herramientas de crianza que se ofrecen a los padres.