1. ¡Cánsalos!

Los niños que son muy activos tienen que quemar mucha energía y cuando los dejamos hacerlo, ¡prosperan! Ya sea dentro o afuera, es fácil crear oportunidades para que tu pequeño corra. Los descansos para activarse físicamente son críticos para ayudar a nuestros hijos a volver a concentrarse. Si notas que tu pequeño está comenzando a tener dificultades para hacer algo, ¡cambien de ambiente y muévanse! Suspende por un momento la actividad con la que está batallando y hagan un ejercicio de activación física (por ejemplo, salten, hagan lagartijas en la pared, hagan una carrera, etc.). Me gusta planear algunos de estos descansos activos a lo largo del día para prevenir (de ser posible) esos momentos de malhumor debido al aburrimiento o a la frustración.

2. Espacio + Libertad = Felicidad

Los adultos controlamos mucho a los niños pequeños. Los cargamos en brazos, los sentamos en sillas altas, portabebés, cunas, asientos para el coche; los alejamos de objetos peligrosos, les damos la mano para cruzar la calle, ¡entre otras cosas! Sus cuerpos necesitan espacios seguros y libertad para moverse a su manera y librarse de la sensación de que los controlamos todo el tiempo. De ser posible, dale la oportunidad a tu hijo de hacer esto una vez al día. Deja que corra libremente por el patio, que llene cubetas de agua y salpique en el jardín, que cree un castillo de almohadas y lo derribe cuantas veces quiera; pero lo más importante es que dejes que lo haga a su manera.

3. Consistencia–> Calma

Entre más consistente seas, tu hijo comprenderá tu mensaje más rápida y fácilmente. Los niños se encargan de probar los límites y nosotros debemos ser firmes. Si cedes un poco, tu hijo te exigirá el mundo entero, ¡una y otra vez! Mantén tu lenguaje simple y repetitivo. Digamos que tu pequeño quiere saltar en el sofá. Antes de aceptar que no puede hacerlo, gritará mucho y será muy persistente. Tu trabajo es escoger una frase y repetirla varias veces (por ejemplo, “Mamá dijo que no. Es peligroso.” o “No se salta en el sofá”). Cuando hablamos con palabras simples y las repetimos, es más probable que nuestros hijos nos escuchen a pesar de estar agitados o molestos. Entre más explicaciones des o si tratas de llegar a un acuerdo, más tiempo y energía te tomará controlar la situación.

4. Practica la paciencia

¡La paciencia es algo que todos debemos trabajar! Cada día, cada hora, revisa cómo te sientes y haz tu mejor esfuerzo por ser paciente con tu hijo. Se supone que ellos deben ponernos a prueba y probar los límites; su trabajo es descubrir qué es lo que está bien y lo que está mal. Todos damos nuestro mejor esfuerzo (incluidos los niños), así que no pasa nada si de repente pierdes la paciencia. Discúlpate puntualmente (por ejemplo, “No debí gritar, lo siento.” o “Ya no gritaré de nuevo.”) y pasen la página, ¡tu hijo hará lo mismo!

desarrollo de tu bebe

5. Cumple tu palabra

A todos nos ha pasado que, en el calor del momento, cuando tratamos de detener una conducta que no nos gusta, amenazamos a nuestros hijos (“Te irás a un tiempo fuera”, “Si sigues así, nos iremos del parque”, etc.). Si no lo dices en serio, mejor no lo digas. Pero si sí lo vas a cumplir, por favor establece límites claros. Esto no te convierte en una mala persona; sino en alguien confiable. Quieres que tu pequeño comprenda desde temprana edad que los adultos dicen cosas y cumplen con su palabra.


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Molly Dresner es una patóloga y terapeuta del lenguaje que reside en Nueva York.

Recientemente, publicó su libro The Speech Teacher’s Handbook (Manual para enseñar a hablar), una interesante guía para padres que incluye consejos prácticos y sencillos, y actividades que ayudan a los padres a ayudar a sus pequeños.

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