Seguramente, cuando observas a una bebé dar sus primeros pasos te da ternura la falta de coordinación de sus movimientos. Parece que no sabe dónde está cada parte de su cuerpo o que no está segura de la secuencia de movimientos necesarios para caminar. ¿Alguna vez te has sentado con las piernas cruzadas y perdido la sensibilidad de una de tus piernas? Seguramente te tomó un minuto recuperar la circulación y no supiste calcular cuánto peso podía soportar tu pierna o dónde estaba tu pie. Esas experiencias evidencian la increíble conexión que existe entre los procesos cerebrales de la sensibilidad y el movimiento. A eso se le llama propiocepción.

La propiocepción es un término usado en medicina y psicología para describir cómo es que sabemos dónde está nuestro cuerpo en relación con el espacio y, por lo tanto, es necesaria para movernos de forma automática y segura en donde sea que nos encontremos. Los músculos cuentan con receptores especiales que nos permite hacernos conscientes de nuestra postura, posición y equilibrio.

Para poder guiar al cuerpo y lograr un movimiento preciso y coordinado, nuestro cerebro siempre debe estar consciente de dónde está cada extremidad y qué está haciendo. En los adultos, este complejo proceso se realiza de forma rápida y fluida y pasa desapercibido, sin embargo, lograr movimientos coordinados es toda una hazaña para los niños pequeños. Según la Academia Americana de Pediatría, entre los 25 y 48 meses de edad, estos desarrollan muchas habilidades de motricidad, tanto gruesa como fina, que les permiten caminar, agarrar, saltar, correr, lanzar y atrapar objetos. Así que mientras tu hija trabaja en eso, también consolida la forma en cómo procesará la información interna de cómo debe moverse.

Si te interesa leer más sobre cómo estimular la propiocepción de tu pequeña, visita este enlace: What is Proprioception and Why is it Important?