Cuando observamos el desarrollo general de nuestros bebés tendemos a pasar por alto el desarrollo socioafectivo. Le prestamos más atención a los hitos motores y nos preocupamos por su futuro cociente intelectual (CI). Sin embargo, la estabilidad emocional y la capacidad de controlar e identificar emociones es posiblemente un mejor predictor del éxito.

¡No me creas a mí, créele a la ciencia!

Si el argumento anterior no parece convincente, recapitulemos un estudio que se realizó hace unos años.

En su famoso experimento con malvaviscos, Walter Mischel estudió la gratificación tardía con niños de 4 años. A los niños se les dio un malvavisco y se les dijo que podían comerlo en ese momento o esperar hasta que el experimentador regresara 15 minutos más tarde, en cuyo caso les darían un segundo malvavisco. Algunos niños no pudieron controlar sus impulsos, mientras que otros, aunque lucharon y cerraron los ojos para evitar la tentación, pudieron esperar su recompensa.

Estudios posteriores encontraron que el desempeño en esta prueba del malvavisco predijo el éxito al final de la escuela secundaria con mayor precisión que sus puntajes de CI en ese momento. Los niños que tuvieron control de impulsos años después obtuvieron mejores resultados en sus pruebas escolares estandarizadas que los que pequeños que fueron más impulsivos. El primer grupo era más consciente y estaba mejor adaptado socialmente. Por lo tanto, toda la inteligencia del mundo no será efectiva si un niño carece de inteligencia emocional

¿Dónde ocurre el desarrollo socioafectivo?

El sistema límbico es la estructura cerebral encargada de la motivación, las emociones, el aprendizaje y la memoria, y depende de nuestro temperamento innato y de nuestra personalidad maleable. Este sistema tiene un gran conjunto de estructuras neuronales que son moldeadas tanto por la naturaleza como por la crianza.

El «temperamento» se refiere a nuestros rasgos emocionales innatos; tiende a evolucionar, pero en su mayor parte permanece estable a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, el entorno puede moldear nuestro sistema límbico a través de experiencias e interacciones sociales. Esto es lo que llamamos nuestra «personalidad».

¿Por qué algunas personas son más propensas a la negatividad mientras que otras parecen ser más optimistas?

Estas variaciones de comportamientos sociales se relacionan con las personalidades tímidas y las personalidades más extrovertidas y asertivas. Estas diferencias son en gran parte genéticas, pero pueden moldearse ligeramente desde una edad temprana. La corteza límbica se desarrolla lentamente, por lo que los bebés no sienten las cosas de la misma manera que un adulto.

¿Qué hay de la memoria?

Hay otras partes del sistema límbico que tardan más en desarrollarse, como las estructuras asociadas con el almacenamiento de la memoria. Esto explica por qué la mayoría de los bebés no recuerdan sus primeras experiencias.

La memoria y la emoción están relacionadas anatómicamente, esto se explica en gran parte a través de la psicología evolutiva. Es beneficioso recordar algo que impacta emocionalmente. Por ejemplo, los bebés reconocen a las personas que les hicieron daño y a los que tuvieron un impacto positivo en sus vidas. Crean una asociación y así aprenden a evitar determinadas personas y situaciones. Si hay inconsistencia en esta fase del aprendizaje, es probable que los niños no desarrollen su confianza y seguridad emocional. Incluso si el pequeños no recuerda conscientemente una situación dolorosa o que le dio miedo, su sistema límbico inferior almacena esta emoción y la persona asociada con ella.

Nuestro desarrollo socioafectivo es crucial e impacta nuestro éxito futuro. Por eso es importante analizarlo más de cerca y comprender sus bases, para aprovechar la posibilidad del moldear el sistema límbico a través de la crianza positiva

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